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Cuando la polvora no explota

Colaboraciones > Anecdotario

Por Mario A. Campa Landeros


Hugo Loyo pertenece a la generación de reporteros que dicen lo que sienten. Se lleva entre las patas a quien se le ponga enfrente. No le importa la condición, posición o tamaño del adversario. Hace lo que le dicta su conciencia y defiende su trabajo desde todos los ángulos. En una palabra, no se deja de nadie y se lleva bien con todos. Ese era el pensamiento de todos sobre Hugo Loyo cuando lo conocimos dentro del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa y en la sala de redacción de El Universal, allá por los años 70.
Esto que les platico sucedió una tarde en El Universal.
Pedro Flores Linares llegó a la redacción muy feliz de haber conseguido una nota exclusiva. En ese momento nos encontrábamos Hugo Loyo y yo comentando sobre las órdenes de trabajo del día siguiente. Al vernos, Pedro se dirigió hacia nosotros para hacernos partícipes de su nota exclusiva. Nos dio detalles del tesoro que traía entre manos. Realmente era una buena nota. Tal vez, la principal del día siguiente. Ambos lo felicitamos y de inmediato, Pedro, se fue a su escritorio a escribir el gran “notón”...
El trabajo en la redacción se desarrolló con la misma rapidez de siempre. La rapidez de todos los días. El tiempo, recordemos, es el peor enemigo del periodista.
Nos sentamos a trabajar. Seleccionamos la información que traían los reporteros y las fotografías de los fotógrafos. Se corrigieron y cabecearon las notas de cada sección; internacional, estados, información general, sociales y espectáculos. Cada sección se fue cerrando para imprimirla y, por su parte, el reportero de guardia cumplió con su cometido en su trabajo respectivo.
Al día siguiente, la principal y las demás notas de la primera plana nada tenían que ver con la información que nos había platicado Pedro Flores Linares.
Llegamos por la tarde a trabajar y, nuevamente, estábamos acompañados de Hugo Loyo cuando llegó a la redacción Pedro Flores. Sin más ni más se dirigió hacia nosotros y, dirigiéndose a mí, me dijo:
-Oye, Mario, ¿Qué pasó con mi nota de ayer?
-No sé, le contesté.
-Pues laa mandaron a una columna hasta la última página, aseguró. Y eso no se vale.
-¿A la última página?, preguntó Hugo Loyo.
-Si, contestó molesto Pedro. Son fregaderas.
-A ver Conseguimos un periódico y buscamos la famosa nota.
Efectivamente ahí estaba la “exclusiva” de Pedro Flores, a una columna. Pero que extraño, esa nota nada tenía que ver con lo que Pedro nos había platicado un día antes. Nada mencionaba de lo que había dicho...
-Oye Pedro, pero esto no fue lo que nos comentaste, le dije, recriminándolo.
-Bueno, es que cuando me senté es escribir la nota, se me ocurrió que esto era lo más importante. Y ya no puse nada de lo que les platiqué.
-Ay, Pedro, dijo Hugo Loyo. Perdiste la oportunidad de llevarte la de 8 columnas hoy por la tontería de ayer. Era muy buena la nota que nos platicaste. Traías la información y los documentos, ¿cómo es posible que hayas perdido la nota en la máquina? No, Pedro, la regaste. Déjame decirte una cosa. Una cosa que nunca jamás vas a olvidar. Una vez más queda demostrado que la pólvora en manos de pendejos no truena.
Todos reímos y Pedro sólo movió la cabeza.

Se la tragó el subdirector


Recuerdo aquella noche cuando el subdirector, Manuel Mejido mandó llamar a Hugo Loyo a la Mesa de Redacción para reclamarle la entrada de una nota informativa. A don Manuel no le gustó el ángulo que le había dado Hugo a su información. Cuando lo tuvo en frente, don Manuel le dijo con su peculiar estilo –escupiendo a su izquierda bajo del brazo-:
-Oye Hugo, perdiste la nota. Tienes que empezarla por el quinto párrafo y luego por el sexto y ya de ahí te arrancas con el primero y los demás párrafos. La nota tienes que empezarla diciendo...
Hugo lo dejó hablar. Mejido, por su parte, parecía hilo de media; bla, bla, bla...
El rostro de Hugo Loyo se fue transformando. De blanco pasó al rojo y golpeando la mesa de redacción le dijo al subdirector:
-Mire, señor. Yo vengo aquí a trabajar y es lo que hago y he hecho siempre y no voy a permitir que modifiquen mis cosas. ¿No le gusta la nota? ¡Tírela! Pero no la voy a cambiar. Es más, si quiere que la cambie, hágalo usted mismo. Yo no voy a hacer nada.
Y diciendo y haciendo le arrebató las cuatro cuartillas y las rompió en plena cara de Manuel Mejido. El subdirector se quedó de una sola pieza. No supo qué contestar.
Hugo dio media vuelta, se dirigió a su escritorio, le puso candado a su máquina y se retiró.
Aquel día, otro reportero –consentido de Manuel- tuvo que conseguir el boletín y la información de aquel evento que había cubierto Hugo Loyo y escribió la nota como la pedía el subdirector.
En el medio, una nota se rompió aquella vez, pero la información no se perdió.
Jamás hubo represalias.


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