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Colaboraciones > Anecdotario
Por José Antonio Aspiros Villagómez
En el accidente aéreo de 1970 en Poza Rica, en el que murieron 15 periodistas que cubrían la campaña del candidato presidencial del PRI, Luis Echeverría, no fue uno -Jesús Kramsky- el superviviente. De diferente manera fuimos varios. Cinco, al menos, por parte de El Heraldo de México, según explicaré en estas líneas. Desde luego que Chucho Kramsky se llevó la peor parte porque él si fue protagonista directo y sufrió daños físicos y sicológicos pero, al menos en mi caso, cargué durante mucho tiempo una especie de “sentimiento de culpa” que probablemente ya desapareció, pero no así el recuerdo de un hecho impresionante.
Existen en el gremio periodístico colegas que tienen en su anecdotario profesional historias que van desde curiosas hasta trascendentes, porque en la actividad del reporteo y también desde mesas de redacción, jefaturas y direcciones, oficinas de prensa y otras tareas propias del oficio, son ilimitadas las oportunidades de agregar una experiencia aleccionadora y memorable a la lista.
Sin embargo, así como ocurre en la conquista de la exclusiva, de la primicia y de las ocho columnas, también debe haber suerte para ser testigo o protagonista de una anécdota que valga la pena narrar. Ese no es mi caso.
No pueden ser anécdotas, sino gajes del oficio, las cinco horas que me tuvo sentado en su antesala de la Basílica Guillermo Schulemburg porque de la entrevista con él dependía mi trabajo. Tampoco aquella fotografía que logré de Adolfo López Mateos y Alfonso Martínez Domínguez en una conversación a solas ante el gran público que supone la ceremonia de homenaje a los Niños Héroes en 1964. Ni la vez que me regañó la gente de Comunicación Social de la Presidencia porque -siendo el único reportero presente- entrevisté a María Esther Zuno de Echeverría sin permiso de ellos en el inicio de una colecta de la Cruz Roja, o la noche en que, en vísperas de una carrera de autos de 24 horas en Long Beach, debí irme a la cama con un hambre atroz, pues las tres veces que pregunté a los del hotel dónde estaba el restaurante, me mandaron al bar, donde no había ni botanas.
Pero sí hay algunos detalles en mi vida profesional, iniciada en 1964, que pueden hacer reír o llorar a los lectores de este anecdotario que pone en sus manos el Club Primera Plana.
Después de haber trabajado en el semanario Mundo Mejor, en la Agencia Mexicana de Servicios Informativos y en la Oficina de Prensa del IMSS, pasé a la agencia Radionoticias El Heraldo, de Editora Alarcón. A finales de 1969 mi jefe Germán Carvajal cubrió la primera etapa de la campaña del candidato presidencial Luis Echeverría, y a mí me mandó a la segunda. Estuvimos en Puebla y Tlaxcala, luego hubo un paréntesis en el D.F. y seguiría Veracruz. Ya estaban mis maletas listas para salir a Poza Rica cuando me avisaron que, en lugar de quienes habíamos ido por el diario y la agencia (Pedro Camacho, Rafael Lizardi y yo), lo harían Olga Moreno, Pepe Falconi y Jesús Kramsky, además de los fotógrafos Lalo Quiroz e Ismael Casasola, y, como invitado, el jefe de Redacción Rafael Moya. Ello me provocó gran contrariedad.
El domingo 25 de enero de 1970 me levanté tarde para ir a mi turno vespertino de edición de cables y redacción de noticiarios y, como ha sido costumbre, encendí el radio para escuchar las noticias del día. Me quedé frío, mudo y paralizado. Estaban leyendo la lista de las víctimas del accidente del avión Corvair y mi cabeza se llenó de ideas confusas. Con cierta bruma pensé en Juan José Bravo Monroy, que había sido mi compañero de habitación en la primera parte de la etapa y que sustituía a Carvajal por parte del Núcleo Radio Mil. Pero él había viajado en otro avión de prensa.
No fue fácil reponerme de la conmoción pues, en lugar de que me diera gusto porque una decisión de los dueños del periódico me había salvado la vida, me invadió un sentimiento de culpa que duró meses. Alguno de mis colegas muertos (Kramsky fue el único que se salvó de quienes iban en el vuelo, y Olga Moreno porque no llegó a tiempo al aeropuerto) había ocupado “mi” asiento y yo estaba en deuda con él y con los suyos. Por televisión, Jacobo Zabludovsky estaba pasando al aire mensajes de personas que informaban a sus familiares que ellos tampoco habían hecho ese viaje de la muerte, y pensé en llamar yo también. No me atreví. Mi sensación de estar “injustamente” entre los vivos me reprimió.
Tiempo después, cuando reflexioné nuevamente sobre el caso, pensé que si Bravo Monroy iba en el otro avión, seguramente yo hubiera ido en el mismo vuelo que él, pero como los colegas de El Heraldo estaban en el aparato accidentado, también cabía la posibilidad de que, quien distribuyó los lugares -personal de prensa del equipo de campaña, probablemente Paco Algorri- me hubiera mandado en el vuelo fatídico. Más de tres décadas después de aquella tragedia, aquí sigo entre los que pasamos los días sin que se asome aún el llamado definitivo.
Pero si en aquella y en muchas ocasiones más, esa energía que llamo Providencia ha estado de mi parte, en otras me ha olvidado. Como el día en que el entonces presidente Miguel de la Madrid hizo la entrega de premios a los ganadores del XIV Certamen Nacional de Periodismo, último organizado por el Club de Periodistas de México cuyos estímulos habría de entregar un mandatario. La fecha: 22 de marzo de 1984.
Fueron 24 los colegas galardonados con diploma y 20 mil pesos, y decenas más recibimos menciones honoríficas. El Premio Rosario Castellanos, por labor periodística cultural fue para el suplemento de Novedades, dirigido por José de la Colina, y las menciones nos correspondieron a la sección cultural de la revista Mujeres -lo recibió Marcelina Galindo- y para mí por un reportaje sobre los códices, publicado en la revista En Todamérica.
Cuando pasé a recibir mi diploma le expresé al presidente De la Madrid mis deseos de éxito en su viaje oficial por Sudamérica, que iniciaba al día siguiente. Él me contestó; me expresó varios conceptos durante uno o dos minutos que para mí fueron eternos... porque no le escuché ni una palabra. Simplemente había perdido la audición y nunca supe si fue por los nervios, por el ruido de los altavoces que seguían anunciando nombres de ganadores, o porque ya estaba en mi destino haber perdido esa “exclusiva”. ¿Hubiera sido “la de ocho”? Nunca lo sabré. Lo que sí sé ahora, es que se trató de algo de risa y también para sentirme como tonto, y sin embargo me volvió a suceder años después, durante una comida del Club de Editores a la que fui convidado por su presidente Gonzalo Araico, y en la que el invitado principal era Julio Scherer García, entonces director de Proceso.
Desde luego que don Julio no tenía por qué acordarse de mí; coincidimos algunas veces como reporteros –él ya avezado y yo un candidato a principiante- por allá en los 60, pero no cultivamos una relación profesional o amistosa, de manera que en la comida de los editores yo le era prácticamente desconocido. Pero hete aquí que, cuando me despedí de él, me dijo y me dijo y me dijo no sé cuántas cosas. No lo oía, sólo asentía con la cabeza como si le escuchara, a sus movimientos de boca; me urgía que acabara de hablar para salirme lleno de pena y de contrariedad porque mi sentido auditivo me traicionaba nuevamente en un momento de interés profesional. Si a usted, apreciable lector, no le he contestado alguna vez, le ofrezco una disculpa; ahora ya conoce mi defecto de ocasión, que nunca le he comentado a ningún médico.
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