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Colaboraciones > Anecdotario
Por José Carlos Robles Montaño
No es exageración, pero antaño, en los años 50, 60, 70 y 80, los reporteros se jugaban la vida cuando salían en viajes de trabajo a bordo de aviones gubernamentales, en aquellos famosos DC-3 de 21 pasajeros que, por cierto, tenían fama de ser muy seguros, pues si les fallaba uno o sus dos motores podían planear y aterrizar en suelo llano.
Pero los DC-3 eran las “caballitos” de batalla en todas las giras oficiales y algunos de ellos sumaban tantas horas de vuelo, que viajar en ellos era una aventura que podía terminan con gran susto o tragedia, como sucedió muchas veces.
El más famoso de esos DC-3 fue el “Francisco Zarco”, que estaba al servicio de los periodistas que cubrían la Presidencia de la República y las principales dependencias del sector público. Entre los tundemáquinas de la viaja guardia se cuentan muchas casos, ahora anécdotas, de esos vuelos que para sus pasajeros podrían ser el último.
De uno de tales sucesos fue personaje José Carlos Robles Montaño, veterano de los “soles” de la cadena que fundó el coronel José García Valseca, respetado y respetable columnista político con 58 años de antigüedad en el oficio.
Hoy recuerda con risa lo que estuvo a punto de ser su último vuelo. El Sol de México lo comisionó para cubrir la información que generara la Reunión Interparlamentaria México-Estados Unido celebrada en Hermosillo, Sonora, en tiempos de Miguel de la Madrid, a la que habían sido invitados como era costumbre, reporteros de todos lo periódicos matutinos y vespertinos.
“Nos habíamos reunido en una de las salas del aeropuerto internacional de la Ciudad de México y platicábamos para pasar el tiempo a la espera de que nos llamaran para abordar el “Francisco Zarco”. De repente se me acerca Arturo Rodríguez Blancas y me dice: oye paisano, que de plano estamos tan jodidos que no podemos pagar el boleto para salir en un vuelo comercial. ¿Por qué me lo dices? le pregunto. ¿Qué no has visto la humareda que sale de uno de los motores del Pancho Zarco? Tienes razón, le digo al darme cuenta de lo que sucedía. En ese instante, uno de mis hijos se me acerca para suplicarme: papá, no te vayas en ese avión. Bueno, pero ya estamos aquí y vamos a salir dentro de un momento, le explico, como si no tuviera importancia lo que sucedía.
“Y efectivamente”, recuerda José Carlos, “a los pocos momentos dejó de salir humo del motor y nos llaman. No recuerdo a todos los colegas que abordaron el aparato. Estaban conmigo Elías Chávez, uno de los Aquino y creo que Ana Cristina Peláez. Bueno, pues todos los reporteros subimos al DC-3. Y a pesar de todo fue un vuelo tranquilo. Pero ya a punto de llegar a la capital de Sonora, Roberto “El Negro” Noriega me informa: Oye José Carlos está lloviendo. No chingues, negro, estamos volando sobre el desierto, aquí no llueve, cabrón, ¡Que está lloviendo, ve el ala del avión!, me replica. Veo y sí, tenía razón “El Negro” pero me fijo bien y lo que goteaba era aceite.
“Nosotros dos estábamos sentados juntos a la altura de una de las alas del Pancho Zarco, Y exclamó: no está lloviendo, cabrón. Esta goteando aceite del ala, Y si, se había roto una de las mangueras del motor. Rodríguez Blancas, quien ocupaba el asiento de atrás al mío. Casi grita: Te lo dije, paisano, que no abordáramos este recabrón avión“.
José Carlos ríe hoy al rememorar aquellos momentos de pánico “pues además en ese instante salió de la cabina uno de los pilotos y nos informa: señores, tuvimos que parar uno de los motores porque estamos tirando aceite y vamos a tener que parar el otro para que el avión se estabilice”. Y vuelve a reír con ganas.
“Te imaginas, tocayo, en ese instante todas las compañeras periodistas se pusieron a rezar Y Norberto de Aquino me grita: ¡José Carlos, nos vamos a morir! No chingues, le contestó haciéndome el valiente, pero la verdad es que pensaba aquí me voy a romper la madre.
“Imagínate lo que sucedió a bordo del avión, Pero, tocayo ese día tampoco, nos tocaba, llegamos y aterrizamos sin problemas en el aeropuerto de Sonora. Ya nos estaban esperando hasta soldados. Total, afortunadamente ese fue el último viaje que hicimos en el Pancho Zarco, Cuando terminó la interparlamentaria, a nosotros nos mandaron a Los Cabos en otro avión. Al Pancho Zarco lo enviaron a Estados Unidos para que le hicieran el overhaul. Y allí se chingó.
La fayuca, deporte nacional
Ayer y hoy, en todos los sexenios del priísmo y en el del “cambio” la “fayuca” ha sido un deporte nacional. No hay mexicano que haya viajado al extranjero que pueda tirar la primera piedra, lo mismo funcionarios públicos de todos lo niveles que pequeños, medianos y grandes empresarios, profesionales de todas las ramas, pilotos, sobrecargos Los dueños de medios de comunicación nunca fueron la excepción ni tampoco los reporteros etcétera. En lo propios vuelos con aviones oficiales se respetaba esa costumbre.
En tierras extrañas, a todo mexicano se le despierta el amor por la familia, los hijos e incluso los amigos. Y lo primero que hacen es comprar algún regalo para todos sus seres queridos, muchos o pocos todo depende del dinero de cada quien en la bolsa. Me refiero por supuesto a los “fayuqueros” de ocasión, no a los profesionales de contrabando como negocio. Y claro, de retorno al terruño las maletas de viaje “engordaban” de mercancía de importación no permitida, made in Estados Unidos o Europa, para satisfacción de los agentes aduaneros corruptos que aprovechaban la ocasión para hacer de las suyas con los pequeños practicantes de ese hobbie colectivo. Actualmente sucede lo mismo, aunque desde hace tiempo hay una lista de artículos que está permitido importar. Y también hay más facilidades para “fayuquear” pagando impuestos.
Pero eso no evitaba el escándalo en los propios periódicos, alimentado por fuentes oficiales, cuando se quería exhibir públicamente de “contrabandista” a gente importante o a quien no le corría la “cortesía” al Director General de Aduanas o al jefe de la aduana del aeropuerto de la Ciudad de México para pedirle el “favor” de pasar sin problemas algunos obsequios. Había funcionarios de aduanas muy quisquillosos, se enojaban cuando se les ignoraba, pues en el sector público hay muchos funcionarios a quienes les encanta hacer ese tipo de servicios para después cobrarlos, así es la política.
Algo así sucedió en un viaje de trabajo de periodistas con el entonces líder del Senado de la República, Joaquín Gamboa Pascoe, hoy secretario general de la CTM. Y es el tema de otra anécdota de José Carlos Robles Montaño. Fue la culminación de otra Reunión Interparlamentaria México-Estados Unidos, esa ocasión, en Coronado, California.
Relata: “El Senado abrió el registro de reporteros que iba a cubrir la reunión en Coronado, después una visita a la Casa Blanca y toda la parafernalia normal en esos encuentros de legisladores mexicano-estadounidenses. Total todo estuvo bien informativamente. Buenas notas. Muchos comentarios políticos y ya”.
“De regreso a la ciudad de México nos enteramos que había órdenes de cerrar la aduana a los pasajeros de nuestro vuelo: Gamboa Pascoe, funcionarios de la Cámara Alta, senadores y reporteros. No recuerdo bien pero al parecer el jefe de la aduana era un tal de La Madrid.
“Gamboa Pascoe ordenó al oficial mayor del Senado que tratara de solucionar el problema, pero fracasó. Abrieron todas las maletas y contenían todo lo imaginable, hasta algunos hornos de microondas, que entonces eran una novedad en México, pero nada fuera de lo normal, pura fayuca para la casa. Pero al otro día en los periódicos salió la noticia de que Gamboa Pascoe contrabandeaba hasta hornos de microondas. Falso, la verdad histórica es que él aguantó vara, él solo había comprado en Estados Unidos cuatro camisas, tres corbatas y juguetes para sus hijos. Los hornos de microondas no lo llevaba tampoco ningún funcionario del Senado.
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