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Colaboraciones > Opinion > El cristalazo
Acabar con la ficción política
Por Rafael Cardona
La convocatoria para el foro sobre desarrollo y crecimiento en el Senado fue como todos sabemos, una idea original –así dicen en el cine--, de Manlio Fabio Beltrones quien en este terreno juega con ventaja: en el gobierno a nadie se le ocurre nada.
Pero además de no tener ideas el gobierno se enfurece cuando a alguien se le enciende el foco.
Un tanto del acuerdo de enero para contrarrestar la crisis fue también para ofrecer una idea propia frente a ese espacio de diálogo, análisis y finalmente compromisos verificables orientados a una finalidad: cuáles y cuantas cosas se deben hacer y quien debe hacerlas y cuando, para crecer.
El acuerdo de enero, sumado al de octubre cuyas finalidades son a fin de cuentas las mismas, ya fue calificado por los ciudadanos: un catálogo de propósitos y medidas cuyo resultado no se ve ni se siente todavía. Ni ha generado bienestar o compensación por el deterioro económico la suspensión de los “gasolinazos” ni tampoco la inexistente ayuda para cambiar aparatos electrodomésticos ni alguna de las 25 medidas expuestas en ese bienintencionado acuerdo.
El acuerdo es a fin de cuentas un catálogo de acciones. Es un plan de emergía si se quiere pero a fin de cuentas una frma de responder a una circunstancia. Pero el gobierno ya teníau proyecto de cuya vida nadie nos ha dado noticia.
Ese enorme documento se llama Plan Nacional de Desarrollo y era (o es) el gran proyecto sexenal, el catálogo razonado y meditado de todos los propósitos del régimen de Felipe Calderón Para ejercer su mandato y de preferencia desarrollar al país, así fuera en la pequeña proporción de su sexenio. Seis años no dan para mucho.
En la presentación del documento, cuya elaboración muy en estilo de este gobierno articula “cinco ejes rectores: Estado de Derecho y seguridad; Economía competitiva y generadora de empleos; Igualdad de oportunidades; Sustentabilidad ambiental y Democracia efectiva y política exterior responsable”.
Es hoy sobre todo en los capítulos uno y dos, un texto digno de Arthur C. Clark, Isaac Asimov o Ray Bradbury, pura fantasía. Nomás le faltan los marcianitos. Bueno, en materia de seguridad ni siquiera contempla la posibilidad de sacar el Ejército a las calles.
Dice el Presidente en la presentación:
“La elaboración de este Plan estuvo sustentada en gran medida en la perspectiva del futuro que queremos los mexicanos a la vuelta de 23 años, de acuerdo con lo establecido en el proyecto Visión México 2030.
“Los objetivos nacionales, las estrategias generales y las prioridades de desarrollo plasmados en este Plan han sido diseñados de manera congruente con las propuestas vertidas en el ejercicio de prospectiva.
“Visión 2030 es una apuesta común por un Desarrollo Humano Sustentable, una descripción del México deseable y posible por encima de las diferencias. La imagen del país en el que deseamos vivir dentro de 23 años da sentido y contenido a las acciones que como gobierno y como sociedad emprendemos a partir de ahora”.
Hoy el “ejercicio de prospectiva” resulta nulo de toda nulidad pues si en 2008 no vieron venir la catástrofe mundial y apostaban hasta por el guadalupano talento de Mac Caine mucho menos pudieron en el 2007 avizorar con alguna claridad cómo iba a ser el mundo 23 años después.
El Plan Nacional de Desarrollo fue un ejercicio de ficción política. Hoy es un documento para el calentón. Su inutilidad se demuestra con la necesidad de hacer proyectos trimestrales de salvamento, cuyo nombre comercial es “acuerdos” y no necesitan como aquel, sustento en una obligación legal tan fantasiosa como su resultado: el Sistema Nacional de Planeación Democrática, apoyado en la Constitución.
“En cumplimiento con lo dispuesto en el Artículo 26 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, así como por lo previsto en los Artículos 4 y 20 de la Ley de Planeación, el gobierno federal presenta el Plan Nacional de Desarrollo que habrá de regir nuestras acciones en los próximos seis años. Este Plan es resultado de un auténtico proceso de deliberación, democrático, plural e incluyente, que recoge las inquietudes y necesidades de todos los sectores de la sociedad”.
Pues si en cumplimiento de la ley se hizo ese plan, los acuerdos logrados hasta ahora –así hayan sido acordaos sin la concurrencia de los firmantes--, deberían estar inscritos en él o se debería hacer un plan sustituto de acuerdo con las nuevas circunstancias.
O de plano olvidarse de la llamada planeación democrática vista su falla en lo primero y su inutilidad en lo segundo.
VIERNES 23 DE ENERO DE 2009