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Reflexiones de fin de semana

 

 

 

Necrológicas


Octavio Raziel García-Ábrego

 

Para Alberto, esta ha sido una semana necrológica. Independientemente de la morbosidad de pensar tantas veces en las muertes de su muerte; él está consciente de que uno puede seleccionar lo que quiere recordar, de su presente y de lo que se va a llevar.
La muerte del gran Saramago y la del ensayista Monsiváis, deja un vacío en las fuentes de sabiduría donde abrevamos los seres pensantes; y en el caso de Alberto, la ironía. Como con su condiscípulo, el doctor House. De los dos desaparecidos, como dirían las necrológicas periodísticas, nos quedaron enseñanzas, sobre todo aquellas que se referían a pasar a “mejor vida”, después de soportar una “peor vida”.

    Una madrugada sí y otra noche también, Alberto despierta angustiado por no haber logrado llegar a una de las comisiones que se le encomendaron en el periódico. No ha podido dejar de trabajar su mente. Su máquina de escribir no está en su escritorio y su cuaderno de notas, ilegible, manchado por sangre guerrillera; no consiguió la información que pidieron. Al despertar y recordar su pasado, siente que el  joven reportero de sus pesadillas no pudo ser él. Luego rumia: ahora me doy cuenta de cuánto he vivido.

   En su casa de autoexilio descansa. Descansa de qué, se pregunta.
   Reflexiona sobre sus muchos amigos y algunos de sus enemigos. Los amigos se alejan en ocasiones, pero no se olvidan; y de los enemigos, aprendió que la enemistad no puede ser eterna. Alberto espera que en los comentarios que se hagan sobre su muerte no le deseen que descanse en paz, pues descansar en paz seguramente deberá darle una pereza infinita.
   Soy un sobreviviente de mi mismo, acepta.
De Carlos Monsiváis se han escrito ya litros de tinta. Fue un hombre de izquierda, congruente con sus preferencias y gustos, de familia acomodada, con dos carreras universitarias. Mucha ironía y una memoria privilegiada. De sus últimas declaraciones sobresale la siguiente: “Si ligo mi salud con mi edad, la encuentro perfectamente normal, si la ligo con el estado que quiero tener, es un desastre”.
            De Saramago, se sabe nació en una cuna humilde. Por cuestiones económicas no terminó la enseñanza secundaria, y cuando apenas tenía 12 años ingresó a una escuela para aprender el oficio de cerrajero. Estuvo en ese centro cinco años y se desempeño como maestro cerrajero otros dos en Lisboa. Simultáneamente estudió literatura en la misma escuela, a pesar de que estaba destinada a preparar profesionales técnicos. Visitaba la biblioteca pública por las noches. “Y fue así, sin ayudas ni consejos, apenas guiado por la curiosidad y por la voluntad de aprender, que mi gusto por la lectura se desenvolvió y pulió”, aseguró en un pequeña autobiografía. Con la ironía que le caracterizaba agregaba: “He leído con placer muchas cosas que no he entendido”
  Esto le hace recordar a Alberto su juventud cuando, Octavio Bernard, su gran amigo, le espetó: “No seas abúlico”. (¿Abúlico, que es abúlico? Se preguntó) Si no vas a terminar la carrera, prepárate tú mismo. Luego, el maestro Esteban Durán Rosado le prestaba libros de literatura mexicana que, en ocasiones, le obligaba a terminar el mismo día y… comentárselos. José Rossosky, que se encargó de  prepararle un programa de lectura sobre ciencia política: desde Platón hasta Hermann Heller, pasando por Rousseau, Montesquieu, Adam Smith, Malthus, David Ricardo,  Locke,  Hobbes, etc.
  Con Saramago coincide en muchos aspectos filosóficos, como el de: “si todos fuéramos ateos, viviríamos en una sociedad más pacífica” y luego: “…los ateos somos la gente más tolerantes del mundo”
   “Las religiones, todas sin excepción, no servirán nunca para acercar y reconciliar a los hombres: todo lo contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de una monstruosa violencia física y espiritual que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la mísera historia humana”
     Lo mismo sucederá cuando Alberto se vaya, un sector importante de sus lectores celebrará la muerte de un escritor incómodo.
    “¿Qué vamos a hacer si ti Monsi?” se oía gritar a las plañideras en el Palacio de las Bellas Artes de México; “Perdónanos, Saramago, qué vamos a hacer sin ti”, escribían en Lisboa, su ciudad natal, aquella que le expulsó.
En los dos casos, su pueblo y sus lectores fueron sus viudas. No acudieron dos, tres o cinco viudas –o un “viudo”-  como suele suceder en los funerales de caballeros de distinto linaje, sino los que les leyeron o escucharon.
           Mientras, seguramente el mundo continuará; el futbol opacará los problemas más ingentes de la humanidad. Luego, inventarán otro distractor. La ONU condenará los asesinatos de los judíos sobre los palestinos; los EU las muertes de los indocumentados. FeCal condenará las más de tres mil  muertes por “fuego amigo” de mujeres y niños en su sexenio. Los médicos enviarán a la tumba a los pacientes, los abogados a la cárcel a sus defendidos, los arquitectos aprenderán a hacer casas, los microbuseros atropellarán más gente, los secuestradores harán lo suyo y las policías colaborarán con ellos; los políticos se harán más ricos pensando que nos engañan y la virgen de Guadalupe será el refugio de los tristes seleccionados y los jodidos. “¿Qué vamos a hacer sin Saramago y Monsi?” Pues lo mismo de siempre.
            Alberto, en tanto, seguirá palomeando el índice de obras de Saramago que va leyendo y recordando algunos pasajes de Monsi.

 

          

 

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